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El “asadito demagógico” en el Finis Mundis

Por Herman Avoscan

Tierra maldita. Tierra desolada. Fin del Mundo. Último refugio de bandoleros, piratas y saqueadores. Puerto Hambre. Entre los siglos XVI y XIX la Patagonia fue mirada, analizada, descalificada. Apenas valorizada por la cobertura de pasos estratégicos que unen los dos océanos. Atravesada por alguna que otra patrulla perdida en busca de la Ciudad de los Césares.
Recién en el siglo XX la Patagonia comenzó a ser asociada con otros calificativos: tierra de oportunidades, aventuras, desarrollo personal, desafíos. Y en época de redefiniciones, los patagónicos también vimos cómo las fronteras se desplazaban hacia el norte. Porque si bien la efímera Gobernación de la Patagonia (duró apenas seis años, entre 1878 y 1884), incluía a La Pampa, las posteriores administraciones se acostumbraron a utilizar la cuenca de los ríos Colorado y Barrancas como frontera entre la Patagonia y el resto del país. Era un límite natural, preciso, coincidía con los límites interprovinciales y resultaba útil a la hora de establecer políticas de desarrollo.
En la década de 1960 el desarrollismo impulsó la creación de una nueva región e introdujo otro elemento en el debate: el Comahue. Territorio que tuvo al menos seis integraciones diferentes: Río Negro y Neuquén siempre incluidos; a veces La Pampa; a veces sus departamentos del sur; el partido bonaerense de Patagones; otras, incluyendo hasta Bahía Blanca. Lo concreto es que la idea no prosperó y volvimos a la Patagonia.
En 1985, el Congreso Nacional incluyó a La Pampa en la Región Patagónica y en 2004 sumó al partido de Patagones.
Valga entonces esta breve referencia histórica para consignar las diferentes visiones e identidades de nuestra región. Podríamos discutir si los departamentos del centro, norte y este de La Pampa se parecen en algo a la Patagonia, si los del oeste no tienen más que ver con Cuyo, o si existe una continuidad entre el norte de la Patagonia y los departamentos limítrofes del sur pampeano. En todo caso, el dislate pasa por confundir regiones geográficas con regiones políticas.
Ahora bien: el gobernador pampeano Carlos Verna se aferra a esta definición para reclamar que se corra la barrera sanitaria (hoy fijada en el río Colorado), y se permita el paso de carne con hueso hacia el sur. Señala que esa barrera sanitaria es una “aduana interna” (expresamente prohibidas por la Constitución Nacional), intenta seducirnos con una promesa de “asado a $ 90 el kilo” y cuestiona a los gobiernos que defienden la barrera como defensores de la Sociedad Rural.
Lo que no dicen los pampeanos es que su confusión entre región geográfica, región política y región sanitaria no es para nada inocente. Porque no está pidiendo el levantamiento de la barrera liso y llano, con lo cual tendrían que competir con los proveedores de Buenos Aires, sino la inclusión de su provincia dentro de esa región calificada de “libre de aftosa sin vacunación”.
Entonces, por un lado reclama una reserva de mercado: abastecer con sus carnes a un territorio que tiene una alta demanda y que – hoy por hoy -, paga (pagamos) un precio bastante superior en promedio. Y al mismo tiempo, conseguir un status sanitario que le permita tener una ventaja competitiva en Europa.patagons
Verna es el gobernador de La Pampa y está en su legítimo derecho de defender la producción de su provincia y ampliar sus mercados. Lo ilógico sería que los gobernadores de Río Negro, Alberto Weretilneck, y de Neuquén, Omar Gutiérrez, aceptaran ese reclamo. Así como se intenta clausurar el paso de ganado en pie por las fronteras de los ríos Pilcomayo y Paraná porque las políticas sanitarias y ganaderas son diferentes, es lógico que los gobernadores patagónicos también defiendan a su propia producción.
Estas políticas de desarrollo económico y diversificación productiva tienen que ser a largo plazo y e incluir el esfuerzo del gobierno y de la actividad privada. Incluyéndonos a nosotros, los consumidores: tal vez sea un esfuerzo pagar este sobreprecio en las carnes, pero la apuesta es a generar más puestos de trabajo en la región.
Y en cuanto a la promesa del asado a $ 90 por kilo… no pasa de ser solamente eso: una promesa. El día que se abra la barrera los precios tenderán a colocarse en sintonía con los que ya estaban vigentes en el mercado. Y no es que me guste o me deje de gustar: así es como funcionan los actores económicos.
Por consiguiente, el asadito barato prometido por Verna es un mito. Como el monstruo Patagón, la “tierra maldita” de Charles Darwin o la Ciudad de los Césares que buscó en vano Simón de Alcazaba.

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