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Bullying: cómo respondemos los adultos cuando los chicos piden ayuda

Octubre es el mes de prevención del acoso escolar o bullying. Sobre esta conducta que afecta a los niños y adolescentes, y que puede tener consecuencias muy graves como el suicidio, opinó para Télam la psicopedagoga María Zysman, directora de la ONG «Libres de Bullying».

Hablar de bullying hoy supone revisar nuestras propias posiciones y miradas acerca de los niños, adolescentes, escuelas y familias. En los últimos tiempos, el término ha sido utilizado en exceso, con la consecuente generación de dudas, confusiones, alarmas, ataques y defensas de todos los actores de la comunidad educativa.

Debemos enfatizar entonces que no toda burla es bullying, como tampoco lo es pelearse ocasionalmente con un compañero. Todos tenemos derecho a elegir y elegirnos, a invitar y ser invitados, a equivocarnos y pedir disculpas, a preferir ciertos compañeros a otros; tenemos que aprender a tolerar muchas veces la frustración de no «tener lugar» en ciertos momentos de la vida de nuestros compañeros, acostumbrarnos a compartir nuestros afectos, a caernos y levantarnos (a veces con las rodillas raspadas o algún moretón…) y eso no es bullying.

Hablamos de bullying cuando la intención de quien agrede es humillar, avergonzar, exponer, aislar, excluir, asustar, hacerle creer al otro que no vale.

Para que esta dinámica se concrete hace falta que se encuentren dos sujetos en un vínculo complementario y que haya un grupo que lo sostenga, además de adultos corridos de su lugar. Es necesario que los participantes estén obligados a convivir, a verse la cara todos los días sin posibilidad de irse.

El bullying se da exclusivamente entre pares en edad escolar. Una relación que por su naturaleza debe ser de igual a igual comienza a estructurarse jerárquicamente, sostenida por sentimientos de inferioridad (y superioridad). Hay alguien que se siente más poderoso y con derecho a dar órdenes, tomar decisiones y manipular al resto, para que sea o deje de ser amigo de quien él eligió como blanco de hostigamiento. Se establece así una relación en la cual uno ordena y el otro obedece, y ese desequilibrio de poder muchas veces no es registrado con claridad por los adultos de referencia, sino que es solamente autopercibido por los involucrados. Son los chicos quienes se temen o infunden temor y quienes marcan esas diferencias que nosotros no comprendemos.

El término «bullying», por otra parte, no fue acuñado para definir situaciones en las que un docente humilla a un alumno ni para aquellas en las que una madre agrede a una docente o un directivo maltrata a una familia. Esas son otras formas de abuso, con características diferentes, que exigen otras reflexiones y abordajes.

Hablamos aquí de avergonzar y humillar, y eso se magnifica frente a los espectadores. Un chico que expone lo que a otro le duele, lo hace ante un grupo que apoya y avala la situación; por eso, la dinámica del bullying excede el vínculo «hostigador-hostigado» y necesita de muchos más que festejen en silencio la situación y agranden el dolor de quien lo padece.

Al recorrer el país para trabajar en prevención del bullying, he escuchado a miles de chicos y chicas contar que no se quedan callados sólo por miedo a ocupar el lugar de víctima, o por estar amenazados: la principal causa de su silencio es la experiencia de haber hablado y no tener la respuesta buscada por parte de los mayores. Frente al pedido de ayuda, muchas veces los adultos a cargo (docentes, padres, directivos) han minimizado su dolor o les han dicho que se arreglaran solos. Otras veces han encontrado desbordes de los adultos, que los dejaron más expuestos que antes.

Encontrar nuestro lugar justo para intervenir y el modo de hacerlo supone la reflexión previa. Necesitamos pensar y pensarnos en relación a la temática, revisar nuestras experiencias, mirarnos hacia adentro y descubrir nuestros propios prejuicios y dificultades.

Tengamos como eje el saber que el bullying aparece allí donde la convivencia no es amorosa, donde hay ruidos en la comunicación, espacios liberados al «sálvese quien pueda»; un tejido ajustado y apretado de dolores, carencias, experiencias traumáticas, modelos adultos violentos, sobreprotecciones o todo lo contrario, abandonos y autonomías anticipadas.

Allí el bullying surge como síntoma y necesita que lo abordemos en toda su complejidad, tanto desde la prevención como de la detección e intervención concreta.

Por María Zysman,   Lic. en Psicopedagogía. Directora de la ONG «Libres de Bullying». Autora del libro «Bullying: cómo prevenir e intervenir en situaciones de acoso escolar» de Editorial Paidós.

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