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Trump, Rusia y China: un rompecabezas complejo para nuestra política exterior

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La política exterior de los grandes poderes es un complejo entramado de actores e intereses, lo cual provoca que sus intenciones sean inescrutables. Es por ello que existe una regla no escrita por la cual aunque actúen esperando lo mejor, en simultáneo se preparan para lo peor.

En el plano internacional, la característica de las administraciones norteamericanas pasadas fue una mezcla de valores liberales e incentivos promoviendo una determinada conceptualización del orden internacional: la tan criticada globalización norteamericana.

Trump se suma a los liderazgos que descreen de los valores, pero sí en los incentivos, ya sean positivos o negativos. La ventaja de la política del «contrapago» es que genera efectos inmediatos, pero es táctica, cínica, reactiva y depende estrictamente de los recursos materiales dispuestos a emplear.

En este sentido China, y en menor medida Rusia, aparecen en el horizonte como los mayores desafíos de seguridad militar del presente siglo para los decisores en Washington. No obstante, surgen diferencias en relación a cómo se debería lidiar con ellos, ya que resulta complejo e intrincado definir con quien confrontar y con quien acomodarse.

A partir del 2008, Rusia reafirmó su condición continental con su operación militar en Georgia y luego en Crimea; en simultáneo China comenzó sus asertividad en el espacio naval próximo, movimiento que afectó más a EE.UU., por la condición aeronaval de la hegemonía norteamericana. Si bien Obama comenzó una serie de esfuerzos militares para contener a China, el fracaso de su política de acercamiento a Putin, sumado a las diferencias en relación con Siria, acentuó la dinámica negativa entre ambos. Trump aparece con voluntad de alterar esta situación y paradójicamente retomar de manera más activa la contención a China iniciada por Obama en el año 2011.

Putin, Xi Jinping y Trump son líderes que entienden de dinámicas territoriales. Los primeros por su posición geoestratégica en Asia, mientras que el último en función de su experiencia en bienes raíces, que es por definición acerca de las oportunidades territoriales.

Esta clase de liderazgo suele respetar las zonas de influencia que consideran legítimas, lo cual es bueno para la estabilidad, siempre y cuando que quienes quieran revisar el status quo no se vuelvan demasiado osados.

Europa del Este y los países cercanos a Rusia son parte de su antigua zona de influencia, de ahí la propensión a ver a este país como un restaurador. Esa situación le da el espacio político a Trump para negociar el rol y los costos de la OTAN expandida en etapas previas. El mensaje para los miembros de la OTAN cercanos a Rusia es: compartamos más equilibradamente el peso de la carga de la defensa colectiva.

Distinta es la situación con China, la cual es vista como un potencial arrebatador al construir «portaaviones inhundibles», en aguas que se encuentran en disputa. Xi Jinping quiere a EE.UU. lejos a los efectos de proyectar poder de forma que su influencia se transforme en limitaciones políticas concretas.

El repliegue norteamericano tiene como contraposición la expansión china y los roces futuros van a provenir de esa dinámica; mientras tanto, EE.UU. pone a punto su concepto de «batalla aeronaval».

Si las diferencias entre ambos países se acrecientan, es posible que los coletazos negativos se sientan en Argentina. De escalar las tensiones entre ambos, las infraestructuras estratégicas que tengan alrededor del mundo van a quedar bajo el escrutinio de cada potencia en caso de descomponerse sus relaciones.

La base de monitoreo espacial del programa espacial chino, controlado por los militares chinos, puede ser un tema de interés y rispidez para la administración norteamericana entrante y un futuro dolor de cabeza para el liderazgo político argentino.

Por Juan Battaleme

(*) Director de la Licenciatura en Gobierno y Relaciones Internacionales de la Fundación UADE.

Imagen Ilustrativa


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