La columna semanal del Dr. Buzeki

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EL PERRO QUE SUPO ESPERAR

SI LA BONDAD y la valentía acreditan de caballero, mi hermano Jim merecía que lo llamaran así. Muy hombre, muy capaz de meterle el resuello en el cuerpo al más pintado, era, en cambio, una seda con quienes debían tratarse con suavidad. No he conocido persona más considerada con las mujeres, los niños y los perros.
De mi hermano y de uno de éstos, nuestro perro Míster Hueso, quiero tratar en lo que, va a leerse.
Desde que Jim vino a vivir a casa que fué hace algunos años, Míster Hueso no reconoció más. amo que él. Verdad es que mi hermano les caía muy bien a los perros. Pero, aún así y todo, fué aquél un caso extraordinario; de amor a primera vista, como quien dice.
El perro lo seguía como su sombra. No hubo vez que Jim tuviera que salir en uno de sus viajes de negocios, que no se empeñara in acompañarlo. «No,Mister Hueso”,- le decía mi hermano, «ahora no. Ya volveré. Espera hasta la próxima ».
La ausencia de Jim duraba a veces ‘una semana entera. Pero Míster Hueso aguardaba confiadamente. Sabía muy bien lo que aquel «espera hasta la próxima» quería decir. Porque el amo no dejó nunca de cumplirle su promesa. «¡Hola, Míster Hueso!», exclamabá cuando volvía. «Vamos andando; que ésta es la próxima »’: Y salían juntos a dar uno de esos larguísimos paseos que eran la dicha del perro.
Cuando Jim no andaba de viaje, Míster Hueso iba todas las noches, después de comida, a su alcoba; volvía con las pantuflas, y las dejaba en el suelo, frente a su butaca. En habiéndose arrellanado el amo, el perro se le echaba cerca y apoyaba el hocico en uno de sus pies. Así permanecía toda la velada.
Llegó el día en que Jim cayó gravemente enfermo. «Siento que me está fallando», me dijo llevándose la mano al corazón. « Creo que tengo ya para poco; Bill… En fin, no me quejo. Le he sacado jugo a la vida…»
Pocas horas antes de morir, preguntó por Míster Hueso. «Le voy a hacer mucha falta», murmuró. «Anda, hombre, déjalo entrar»
Entró el perro y clavó en los del moribundo sus ojos llenos de ansiedad, «Ya’ volveré, Míster Hueso, ya volveré, » le dijo él. «Espera… hasta la próxima ».
EN MI FAMILIA aceptamos,sin rebelarnos, lo que la vida nos va trayendo. Ni con el mismo dolor que me causaba la muerte de Jim, creía yo pagar demasiado caro el haber tenido durante cincuenta años un hermano como él. A mis hijos les hacía una falta inmensa; quedaron inconsolables. Pero estaban en esa edad en la que todo se olvida pronto.
¿Y Míster Hueso? Pues… Jim le había dicho: «hasta la próxima»; y él lo aguardaba, como otras veces. Cierto era que la ausencia del amo se prolongaba… Sin embargo, el perro sabía que Jim nunca quedaba mal. Además, ahí estaban, en prenda de que cumpliría lo prometido, las pantuflas, que Míster Hueso sacó de la alcoba y se llevó a la cocina, para meterlas en el mismo cajón que le servía de cama.
Habían pasado cinco años. Aquella noche nos hallábamos en la sala mi mujer y yo, cada uno embebido en lo que estaba leyendo. Reinaba en la casa completo silencio. Míster Hueso, que se había echado cerca de Emilia, empezó de pronto a batir la cola. Pum, pum, pum, sonaba ésta al golpear el suelo.
Ya se sabe que los perros oyen ruidos que a nosotros nos escapan. Creyendo que Mister Hueso habría sentido pasos de alguna persona conocida, Emilia y yo escuchamos atentamente. No; no venía nadie.
¡Pum, pum, pum!, hacía nuevamente la cola de Mister Hueso dando en el suelo. Vimos luego que el animal se levantaba, no sin esfuerzo, que ya no podía casi con los años, y salía de la sala. Se presentó un minuto después, con las pantuflas de Jim; las dejó frente a la butaca donde él acostumbraba sentarse; se echó en seguida, puso el hocico encima de una de las pantuflas, y se quedó dormido.
Puede que los recuerdos que evocaba esta escena fuesen la causa de ello, pero sentí que la sala iba llenándose de esa aura de bondad que Jim esparcía en torno suyo.
«Jim era uno de los hombres más bondadosos que he conocido…» suspiró Emilia. Y tras una pausa: «Ya he leído bastante. Y tú también. Vámonos a dormir. No lo despiertes », añadió señalando a Míster Hueso. «Déjalo que pase ahí la noche ».
A la otra mañana, encontramos a Míster Hueso tal como lo habíamos dejado: tendido frente a la butaca de Jim, con el hocico apoyado en una de las pantuflas, completamente inmóvil.Nos bastó verlo para saber que ya no tendría que seguir esperando a su amo; que, mientras dormía, había oído, como en otros tiempos, la voz que le decía: « ¡Hola Míster Hueso! Vamos andando, que ésta es la próxima…»