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El mercado internacional suma presión sobre los precios. Por Herman Avoscan

“Nunca faltan encontrones cuando un pobre se divierte”, afirmaba el Martín Fierro. Y algo de eso deben estar sintiendo las autoridades económicas con la ratificación del ritmo alcista en los precios internacionales del gas y del petróleo. El lado bueno es que suman atractivos para la inversión y la mayor productividad en los distintos yacimientos. Pero el efecto negativo es la mayor presión que habrá sobre los precios internos. No es un berenjenal exclusivo de la Argentina, claro está. Las principales economías del mundo ya la están padeciendo y temen su efecto sobre le economía global.

Los mercados son muy susceptibles a las fluctuaciones y cualquier corrida, por mínima que sea, suele generar una suerte de “estampida en masa” que arrastra a la economía. Hoy, la gran preocupación de los analistas y los “mercados de futuro” pasa por el valor del gas, un “commoditie” que tiene un claro impacto sobre todas las actividades. Calefacción y mayor confort en las ciudades, pero también energía eléctrica abundante y con menor costo (económico y ecológico) que la producida por petróleo y carbón. Y electricidad disponible significa más actividad industrial. El aumento del gas inquieta a los distintos actores: si hay que reemplazar su uso en las centrales eléctricas por derivados del petróleo, el precio del “oro negro” también seguirá un camino alcista.

Se advierte que los valores en que se comercializa el gas equivale al momento en que el petróleo estaba en 140 dólares por barril. Antes de que comenzara la “guerra del crudo” entre Arabia Saudita y los productores de no convencionales. Hay alarma en las principales economías del mundo y se teme que la recuperación que comenzó a advertirse tras la crisis del Covid-19 termine antes des de consolidarse.

Algunos ya encontraron al gran culpable: el presidente ruso Vladimir Putin, quien sería el responsable de estar bombeando menos gas hacia Europa, jugando con un alza del precio. Un análisis más racional nos permitiría ver que la industria del gas europeo está recuperándose a un ritmo menor, ya que tampoco los yacimientos del norte de Europa han llegado al nivel de abastecimiento anterior. Hay menos gas y hay más demanda porque existe mayor producción. Pero también por una cuestión estacional: el hemisferio norte está aproximándose al invierno y los mercados de futuro empiezan a evaluar los precios de noviembre y diciembre. En consecuencia, el valor está subiendo diariamente; en el último cierre se ubicó a 5,91 dólares por millón BTU.

Esto significa un aumento del 50% sobre los precios pagados en promedio durante agosto pasado, y un 130% más de lo que se pagaba hace un año. El “serrucho” que representa un gráfico sobre las cotizaciones, con sus picos estacionales, comienzan a tener oscilaciones cada vez más marcadas. Y los valores de hoy son los más altos de los últimos 10 años, generando una expectativa alcista que amenaza con arrastrar al resto de los precios de la energía.

Fluctuaciones similares se están observando en el mercado del petróleo. El crudo de referencia en Estados Unidos (WTI), se ubicaba ayer en los 74,86 dólares por barril, apenas por debajo de la cotización del día lunes (U$S 75,31). En cambio, el Brent del Mar del Norte llegaba a los U$S 79,95. Muy cerca de los 80 dólares pronosticados por Bloomberg para el último trimestre del año.

Por su parte, la OPEP no hace muchos esfuerzos por contenerlo. Tras el enorme sacudón de la pandemia, cuando nadie quería comprar petróleo (en abril de 2021 tocó el piso de los 12,22 U$S por barril), durante septiembre pasado se acomodó muy bien por arriba de los 75 dólares y sobre el fin de mes llegaba a los 77,73 dólares.

Problemas internos

Mientras se producen estos movimientos en los mercados de los países centrales, en el sur del mundo se sigue con atención esa evolución. Si el gas sigue trepando y ya se aproxima a los 6 dólares, el precio interno producto del último plan Gas.Ar fluctuó entre los 2,44 y 3,66 dólares. Martín Guzmán respirará con alivio porque la cuenta final le dará mucho mejor (de hecho, a fines de agosto se estimaba que Argentina ahorraría 1.500 millones de dólares en importaciones de gas).

La mejoría en los precios internacionales será un buen estímulo para las inversiones: a la inversa del petróleo, el gas necesita de instalaciones mucho más complejas para poder trasladarlo a grandes distancias. El proceso de licuefacción, para transformarlo en Gas Natural Licuado (esto es, llevar el metano a un estado líquido para reducir su volumen y mantenerlo a una temperatura de 160° bajo cero), es caro y demanda de equipos que son caros. Inversiones altas, previstas en el esquema del proyecto de inversiones con un esquema de estímulo que resultó razonable para las empresas.

Al mismo tiempo, suma presión sobre las tarifas. Un tema que ya es urticante y seguirán siéndolo en la medida en que las materias primas sigan subiendo. Las autoridades nacionales saben que no pueden excederse de un determinado rango, porque más allá de eso provocaría una recesión importante. Sería peor el remedio que la enfermedad. Por otro lado, saben que tampoco pueden quedarse muy retrasados porque decaería la producción y será difícil de reemplazar en tiempos en que las centrales hidroeléctricas atraviesan una etapa crítica por las sequías históricas del Paraná y el sistema Comahue.

Pero no es Argentina un caso aislado en el mundo. Por ejemplo, Gran Bretaña tiene un problema muy similar. El primer ministro Boris Jhonson (del Partido Conservador), tiene ante sí el fantasma de la recesión económica o el quiebre por la imposibilidad de pago de los insumos. Menuda tarea a enfrentar con herramientas cada vez menos determinantes.

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