Ganó Max Verstappen, pero esta vez permitidme que la crónica empiece un escalón más abajo del podio. Allí estaba Andrea Kimi Antonelli, el campeón del mundo más joven de la historia de la Fórmula 1. México puso el escenario y el italiano eligió cómo quería entrar en los libros: con un trofeo entre las manos y un adelantamiento de los que explican por qué ha llegado hasta aquí. A una temporada redonda le correspondía una coronación a la altura. Y Kimi fue a buscarla.
Las cuentas le permitían correr con una calculadora en el volante. Incluso si George Russell ganaba, una novena posición le bastaba para cerrar el campeonato. Con su compañero lejos de la victoria, el título estaba prácticamente servido, pero Antonelli quería algo más que cruzar la meta y esperar la confirmación por radio. Alargó su primera tanda, buscó una oportunidad estratégica y, cuando la bandera roja volvió a repartir las cartas, encontró un motivo para arriesgar donde apenas necesitaba hacerlo.
Ese motivo era el podio. Lo tenía delante, en el Ferrari de Charles Leclerc, y fue a por él con una maniobra valiente por el interior de la primera curva. En un circuito donde adelantar se había convertido en un ejercicio de paciencia y frustración, el futuro campeón resolvió con decisión. Después llegaron más interrupciones, más diferencias borradas y más ocasiones para equivocarse. Antonelli no lo hizo. Tercero en la carrera, primero de un Mundial que lleva meses construyendo y que ya le pertenece para siempre.
La victoria fue para un Verstappen que volvió a demostrar cuánto cuesta encontrarle una grieta cuando huele un triunfo. Aprovechó la pelea de los Ferrari en la salida, adelantó a Leclerc en el intercambio de paradas y después defendió el mando en cada nueva oportunidad que ofreció una carrera empeñada en empezar de nuevo. Ni la salida en parado tras la bandera roja ni la última resalida le hicieron temblar. Hamilton acabó segundo, siempre cerca, siempre amenazante, pero sin encontrar en la recta la velocidad necesaria para convertir la persecución en adelantamiento.
Ferrari tendrá motivos para pensar que dejó escapar algo más. Otra vez sus dos primeras espadas se encontraron en el mismo trozo de asfalto y otra vez hubo lío. Leclerc salió del primer pulso como líder, Hamilton como perjudicado y Verstappen como invitado encantado de aprovechar la discusión. Los cinco segundos de sanción al monegasco terminaron inclinando la carrera hacia Red Bull. Después, en la segunda salida, Charles bloqueó de forma aparatosa y estuvo cerca de llevarse por delante a Lewis. El doblete que prometía la primera frenada acabó convertido en otra oportunidad perdida.
Al menos Leclerc rescató la cuarta posición, una pequeña victoria de resistencia después de castigar sus neumáticos con aquella bloqueada. Norris le acosó hasta el final, pero tuvo que conformarse con el quinto puesto. Russell terminó sexto, condicionado por los diez segundos de sanción por su toque con Hadjar en la salida y convertido en testigo de la coronación de su compañero. Piastri cerró el grupo de los grandes en séptima posición.
El premio al mejor del resto se lo llevó Franco Colapinto, octavo con el Alpine en un domingo en el que supo aprovechar sus oportunidades desde la salida. Mucho antes había terminado la carrera de Aston Martin: Alonso y Stroll apenas duraron seis vueltas, otro desenlace difícil de digerir después del ritmo prometedor de los libres. Sainz sufrió con un Williams que no funcionó en ningún momento del fin de semana y fue 15º, aprovechando los muchos abandonos.
México reunió una celebración histórica, una victoria de oficio y demasiadas cuentas pendientes. Pero la imagen que quedará es la del chico de Mercedes en el podio: Antonelli ya tiene su Mundial.