El gobierno de Javier Milei publicó con retraso el Anuario de Estadísticas Vitales 2024, que reveló un retroceso en indicadores claves de salud: la mortalidad infantil se incrementó en 0,5 puntos y la materna, en 1,2. Esto ubica al país ante un quiebre y es una muestra de lo que logró la administración libertaria tan solo en su primer año.
Luego de alcanzar el mínimo histórico de 8 por mil en 2023, la tasa de mortalidad infantil subió a 8,5 en 2024, indicador que refleja la crítica situación social y sanitaria de la Argentina frente a la región. Mientras que países vecinos como Chile o Uruguay mantienen cifras bajas, este salto hacia arriba ubica al país en una situación de vulnerabilidad frente a estándares internacionales de salud pública.
Según los datos oficiales del Anuario de Estadísticas Vitales 2024 citados por El Destape, en 2024 murieron 3.513 niños, frente a los 3.689 de 2023. Pero lo que parece una buena noticia porque el número bajó, es un dato engañoso porque la base, es decir los nacimientos, se achicó drásticamente.
La clave está en que en 2024 nacieron 47.000 bebés menos que el año anterior. Si hay menos bebés, estadísticamente habrá menos muertes totales, pero eso no significa que el sistema de salud esté funcionando mejor. Siguiendo esta hipótesis, si en 2024 hubieran nacido la misma cantidad de niños que en 2023, hoy estaríamos lamentando 220 muertes más. Esto demuestra que hoy la proporción de riesgo aumentó.
El médico sanitarista Mario Rovere aseguró a C5N que el incremento de este “indicador duro” no es casual, sino que responde a factores socioeconómicos como la pérdida del poder adquisitivo, con la inflación como un factor determinante, sobre todo el efecto post electoral.
“Lo real es que la pérdida de poder adquisitivo tiene una relación directa sobre la mortalidad infantil. Es un indicador duro que no oscila fácilmente. Incluso con la baja de la natalidad, que normalmente ayuda a reducir la mortalidad, el índice subió. El centro del análisis está en ese diálogo crítico entre el aumento de la mortalidad neonatal y la mortalidad materna”, detalló el especialista.
El entrevistado plantea una paradoja demográfica porque, técnicamente, una menor cantidad de nacimientos debería facilitar la baja de la mortalidad por la menor demanda sobre el sistema de Salud. Sin embargo, el hecho de que la mortalidad suba mientras la natalidad baja subraya la gravedad del deterioro sanitario.
El “plan motosierra” de Milei sobre el sistema sanitario interrumpió décadas de descenso de la mortalidad infantil en Argentina. En este contexto, los efectores de salud denuncian que la falta de insumos críticos y el recorte en la atención neonatal fueron los factores determinantes para que la tasa saltara del 8 al 8,5 por mil en 2024.
Rovere, actual Director de la Escuela de Gobierno en Salud Floreal Ferrara del Ministerio de Salud de la provincia de Buenos Aires, puso el foco en la pérdida de capacidad adquisitiva como el factor que desconecta a la población de los hospitales.
El pediatra detalló que este fenómeno se observa claramente en los márgenes urbanos: “En el tercer anillo del conurbano, en los primeros meses del 2024, la gente no llegaba a los hospitales porque no tenía dinero para el transporte”.
En el Conurbano bonaerense, el costo del transporte y los gastos indirectos impidieron que miles de personas asistan a controles críticos durante 2024. “Si tengo que elegir entre el daño por la reducción del presupuesto y el daño directo al bolsillo, elijo el gasto al bolsillo, porque reduce la accesibilidad incluso a los servicios gratuitos por los gastos indirectos que supone asistir al hospital”, explicó el especialista.
Esta situación genera una inseguridad crítica en el proceso de embarazo, parto y puerperio, porque la falta de recursos para pagar el transporte, los medicamentos básicos o una alimentación adecuada deja a miles de gestantes fuera del sistema de monitoreo. Hoy se traduce en el aumento de la mortalidad neonatal y materna.
Otro claro ejemplo del costo del ajuste en salud es el Hospital Garrahan, referente de atención pediátrica en Latinoamérica, que sufre graves recortes mientras la mortalidad infantil sube. La falta de insumos y los salarios de miseria profundizan el riesgo operativo en la alta complejidad.
¿Cómo se mide la vida y la muerte en Argentina?
Para comprender el impacto del ajuste, es necesario desglosar los términos técnicos que definen la salud de una población. La tasa de mortalidad no es solo un porcentaje; es el dato más preciso de la justicia social en un país.
La Tasa de Mortalidad Infantil (TMI) se calcula como el número de muertes de niños menores de un año por cada 1.000 nacidos vivos en un período determinado, según el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC). La Mortalidad Neonatal refleja los fallecimientos en los primeros 28 días de vida. Está íntimamente ligada a la atención médica (calidad de las neonatologías, tecnología y equipamiento, como el que hoy falta en el Garrahan). La Mortalidad Post-neonatal ocurre desde los 28 días hasta el año. Está vinculada al entorno social (nutrición, agua potable, vivienda y la capacidad del bolsillo de los padres para sostener la crianza).
La Tasa de Mortalidad Materna (TMM) mide el número de muertes de mujeres por causas relacionadas con el embarazo, parto o puerperio por cada 100.000 nacidos vivos. Es el indicador de mayor desigualdad, porque revela si el Estado garantiza controles prenatales, acceso a hospitales y atención de emergencia.
Como señaló el Dr. Mario Rovere, si la madre “no llega al hospital porque no tiene plata para el colectivo”, este indicador sube inevitablemente, rompiendo la seguridad del proceso reproductivo.
Uno de los puntos más dolorosos del Anuario de Estadísticas Vitales 2024 es que el aumento de la mortalidad se da en causas que la ciencia ya sabe cómo prevenir: la mayor parte de la mortalidad infantil en Argentina responde a causas sociales reducibles.